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Creciendo a través de la leyenda.

Después de muchos años jugando a The Legend of Zelda, he notado que existe una pregunta compartida por un gran número de aficionados: ¿cómo Link, siendo en la mayoría de los juegos un niño, puede superar los enormes problemas que se presentan ante él? Esta cuestión suele derivar en reflexiones acerca de las secuelas que deben dejar en la mente del pequeño héroe las muchas experiencias traumáticas a las que es sometido durante sus aventuras. “El Link de Majora’s Mask debe estar loco, teniendo en cuenta a lo que se ha tenido que enfrentar”, he llegado a leer de varias personas. Por eso me ha parecido conveniente redactar un artículo acerca de algo tan abstracto como la madurez, entendiendo el término como la capacidad de afrontar las adversidades con entereza y reflexión, sin desmoronarse ni actuar irracionalmente, como lo haría un niño pequeño. ¿Qué hace que Link —que, al fin y al cabo, no es más que una representación de nosotros mismos en el juego— tenga tan alto nivel de madurez a tan corta edad?

 

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La madurez en nuestra sociedad actual.

 

Para empezar, mucha gente pasa por alto un detalle esencial: es imposible juzgar desde nuestra óptica de sociedad occidental y desarrollada el pensamiento y el carácter asociados a un período histórico lejano o, como es el caso, a una obra de ficción que bebe de la mentalidad medieval. Nuestras ideas y tiempos de crecimiento psicológico han variado mucho con el paso de los siglos, y para encontrar un ejemplo claro no hay que irse muchas generaciones hacia atrás. Basta con compararnos con nuestros  padres o abuelos, que se casaban, tenían hijos y adquirían grandes responsabilidades mucho más jóvenes que nosotros. Hoy día, tal y como señalan varios estudios, la adolescencia se retrasa más y más con cada generación, dando como resultado que el estilo de vida que antes se consideraba propio de los quince a los diecinueve años, ahora se alargue hasta más de los veinte. ¿Las causas? Los científicos apuntan varias: eliminación de la necesidad de trabajar a edades tempranas para sobrevivir; una cultura centrada más en la libertad y el bienestar del individuo, lo cual pospone la carga de criar un hijo…

 

Nuestra evolución personal se mide por vivencias, no por años.

 

La afirmación que encabeza este enunciado es clave para entender cómo Link no pierde el juicio al cargar con tantas obligaciones siendo tan joven. Tendemos a evaluar las acciones juzgando el tiempo desde un prisma actual, con lo cual nos escandalizamos cuando vemos a alguien de poca edad haciendo algo que se escapa de nuestro estándar de normalidad. Esto sucede, por ejemplo, cuando la gente se indigna al conocer los años que tienen los personajes de Canción de Hielo y Fuego (Juego de Tronos en su versión para televisión). Sin embargo, la clave está en que la lupa con la que debemos valorar los actos de alguien deben ser las experiencias previas de ese sujeto, y no simplemente cuántos años tiene. En la sociedad en la que vivimos, a un niño pequeño apenas le toca lidiar con problemas serios desde que nace hasta que llega al final de la adolescencia. Sin embargo, en Ocarina of Time, por ejemplo, Link es un niño de diez años que lleva toda la vida viviendo solo, sin padres ni hada siquiera, y que pronto, de manera paulatina, va descubriendo que de él depende un destino mucho más grande del que pueda imaginar. Al poco de comenzar el juego se ve obligado a dejar atrás su hogar, tras ver morir al espíritu guardián que lo acogió. Por eso el Link de Majora’s Mask es tan maduro, por el bagaje de emociones y situaciones adquirido previamente, algo que se percibe en el diseño del personaje si lo comparamos con el de Ocarina of Time.

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Una madurez que trasciende la pantalla.

 

The Legend of Zelda consigue demostrar que lo importante, después de todo, es el camino y lo que encontramos recorriéndolo. Un juego de Zelda no sería igual si empezáramos directamente con todos los objetos y mejoras. Los diseñadores usan estos potenciadores para ilustrar el sendero hacia la madurez del protagonista —o sea, nosotros— y para que, llegado el final, recordemos con qué poco partimos en nuestro viaje y lo poderosos que somos ahora, después de haber recorrido un sendero tan duro.

Lo interesante de todo esto, más allá de lo bien integrada que está la sensación de madurez en la mayoría de juegos de la saga, es cómo esa impresión de desarrollo nos llega a nosotros, a los mandos de nuestra consola. Nosotros somos Link, nos identificamos con sus circunstancias, y éstas nos sirven para acercarnos a temas tan peliagudos como la responsabilidad, el sentido del deber o el afrontar la pérdida de un ser querido. En una sociedad acomodada como la nuestra, los videojuegos se han convertido, gracias a su capacidad de inmersión, en una forma muy útil de transmitir conceptos tan complejos como los citados anteriormente.

 

En definitiva, tenemos que ser conscientes de que somos unos privilegiados por poder madurar a través de nuestros videojuegos, películas, libros y obras culturales favoritas. Aún hay muchos niños pequeños en el mundo obligados a madurar de forma forzosa, obligados a trabajar desde que apenas pueden cargar con algo a su espalda o a cambiar juguetes por armas. Ojalá esté próximo el día en que todos los niños y adolescentes consigan madurar a un ritmo más pausado, disfrutando plenamente de las bondades de la infancia que tanto añoramos cuando, años después, nos damos cuenta de lo mucho que hemos cambiado.

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