Fortianitas
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Yo normalmente no publico aquí, pero es bueno hacer excepciones de vez en cuando. Lo que sigue es una nota periodística, una historia real, de la que fui testigo indirecto y fue publicada en la página donde trabajo. No lo pongo en el Mudora porque esto no es una historia de ficcion, a pesar de la forma en que está contada. Si está mal aquí, admins, mods o como quiera que se llamen ahora, háganmelo saber o pónganla donde corresponde, si no es molestia. En fin, aquí va:


Crimen y Castigo de un taxista

Los policías me llevaron a la Ministerial y ahí me pegaron; que porque me robé una Cherokee, pero yo no fui y a fuerzas me querían hacer que dijera que sí. Me dijeron que si no les decía me iban a matar a golpes, me dice el hombre del taxi.

Es una de esas noches frías de marzo, de las que invitan al ensueño. Camino por la Rubí, pues hace un rato ya que se fue el último camión y busco un taxi que me lleve a mi destino.

Es cuando llego al Oxxo del Madero y me encuentro al grupo de choferes conversando para vencer la rutina y el cansancio. Algunos se ríen, otros fuman y beben café. Pero uno no ríe. Cuenta su historia a un compañero.

-No, loco. Los batos querían que confesara a huevo, pero yo les decía que no era yo, que yo no lo conocía al tipo que salía conmigo en el video, que nomás estaba platicando con él pero porque me hizo plática, no porque fuera su cómplice-, le dice enojado.

Cuando me acerco ambos me voltean a ver y me saludan.

-Buenas noches, amigo, ¿a dónde va a ser?-, me pregunta uno de ellos.

-Vamos a Terranova, ¿quién me lleva?

-Yo lo llevo-, me dice el mayor de ellos. Su cabello es lacio y ralo, pero no lo suficiente para decir que se ha quedado calvo.

Abordo el vehículo, un Tsuru de la década pasada, de los que dejaron de hacerse para dar paso a otros más elegantes.

-¿Está haciendo frío, no?-, Me dice “Iván”. Sin duda quiere hacer conversación, como muchos de los de su oficio. No hay conversador más eficiente que un taxista que sabe hacer su trabajo.

-Así es-, le digo-. Pero cuénteme cómo estuvo eso de que le pegaron los ministeriales. Ya es algo muy común en este gobierno.

El hombre sonríe porque lo tomo desprevenido. No sé si creyó que no iba a continuar la conversación, o simplemente no pensó que fuera a seguir esa senda.

-Pues qué le digo. Los batos esos me querían sacar la confesión a punta de fregazos. Pero pues yo no conocía al compa que dijeron que se robó la Cherokee, el bato nomás se me acercó a hacerme plática en lo que yo inflaba la llanta del carro. Y eso sale en el video, pero yo que iba a saber.

Las calles de Culiacán están tranquilas. Unas cuantas patrullas de la Policía Municipal con las torretas apagadas pasan junto al taxi y siguen sin reparar en nosotros. Las masacres del día ya quedaron olvidadas y el escenario se dispone para la jornada que empezará en las próximas horas.

-¿Y cómo fue que lo detuvieron?

-Ayer, se puso un retén ahí pasando el puente de la Ley del Valle, pero parecían patrullas. Y entonces uno me dijo “¿tú no sabes nada de un carro que se robaron el sábado en el Play City?”, y pues yo le dije que no. Pero me insistió “tú fuiste, ahí tenemos el video, te vamos a llevar detenido”. Entonces me bajaron al cliente y me llevaron a la Ministerial.

Nos detenemos en el semáforo de Leyva Solano y Rodolfo G. Robles y un vendedor de periódicos se nos pone enfrente. Alza un ejemplar en el que aparecen los asesinatos del día. Luce triste, vencido ya por lo repetitivo de la vida en esta dura ciudad.

-Este pobre ingrato todavía vendiendo el periódico, oiga. Cómo si de veras lo fuera a vender.

-Hay que ganarse el pan-, le digo-. Quien quita y en una de esas sí vende uno que otro. Ya ve que la gente está loca aquí.

-Eso sí. Pues como le decía, me llevaron a la Ministerial y me encerraron. Me enseñaron el video ese, y tercos que lo conocía, que les dijera dónde vivía y cómo se llamaba para ir por él. Pero pues yo no sé, no lo conozco. Se me acercó a platicar nomás.

Le da vueltas a esa parte. Pero me armo de paciencia, pues en cada rodeo suelta un pequeño detalle nuevo que omitió la vez pasada, las seis vueltas que el agente que lo golpeó le da a las vendas con las que se cubre las manos para no dejar marcas. Son cinco golpes en el abdomen la primera vez. Cinco más la segunda, a la altura del pecho. Nunca en la cara para no dejar marcas.

-Tenían la cara tapada, pero luego me la taparon a mí no sé por qué. Y luego vino un licenciado con unas fotos sacadas del video. Ya le dije que no lo conozco, nomás esa vez hablé con él, pero nunca lo había visto.



Fantasmas

La ciudad se hace pequeña conforme avanzamos. Se contrae y se convulsiona para dar la impresión de que desaparece cuando pasamos junto a las oficinas de la Policía Ministerial, dirigida por el comandante Jesús Antonio Aguilar Íñiguez.

Me encierro en mí mismo un momento y reflexiono en el relato. No es la primera vez que ocurre algo así, pero nunca lo había oído de un taxista. A ellos la mayoría de las personas los odia, por careros o por tramposos. Pero no todos son así.

-Aquí me trajeron-, continúa el hombre-. Fue como a las siete. El licenciado que me interrogó estaba terco que lo identificara. Y cómo le dije que no, me volvieron a pegar. Te vamos a matar a golpes, me decía el policía. Y no te vamos a soltar porque te vas a ir a quejar, y si te quejas entonces sí te vamos a matar.

-Pero no lo mataron, oiga.

-No, no me mataron. Aquí ando todavía. Todavía me duelen los fregazos, pero pues uno tiene que trabajar. Y yo gano poco, oiga. Nomás orita fui y le di a mi patrón lo de la renta y me quedé con 60 pesos. Me compré una nieve y me quedaron 40. Dígame usted, si yo me voy a robar un carro, ya estoy viejo. Y aunque hay necesidad, pues no tengo fuerzas ya, oiga.

-¿Y por qué lo soltaron siempre?

-Pues el licenciado me dijo que no me fuera a quejar con nadie y que me iban a dejar salir. Me tuvieron como cinco horas encerrado, ni trabajé ayer. Son unos perros, pero qué puede uno hacer.

Esas palabras flotan en el pequeño espacio de la cabina. Pienso en Juan Carlos Cristerna, en Yesenia Armenta Graciano y Ricardo Fuentes Milán, todos ellos presuntos culpables que han acusado tortura. Todos más o menos de un modo similar al que cuenta “Iván”, con vendas en las manos para no dejar marca, pero en esos casos los indiciados llegaron a ser electrocutados y vejados. Pero eso lo guardo para mí, no le digo nada al taxista. Ni si quiera estoy seguro si el hombre conocería los nombres si s se los digo.

-¿Y sí conoce al bato ese que dicen que se robó la troca?

-Qué lo voy conocer, oiga. Yo andaba chambeando ahí en el casino, estaba esperando a un cliente nomás pero se le bajó el aire a la llanta por un tornillo que se le zafó al pivote. Le estaba echando aire cuando se me acercó el bato, y pos sí, ahí salgo yo en el video, pero nomás.

Justo en el semáforo para llegar al fraccionamiento Las Torres, cerca de Terranova y Bugambilias, nos alcanza un convoy de la Policía Estatal Preventiva y nos pasa como si no existiéramos. La mancha azul con las torretas encendidas va en dirección a Navolato, pero no lo puedo asegurar. En esta ciudad ya nada se puede asegurar.

-Ya no sabe en quién puede confiar uno.

-La gente está loca aquí.

-Pues sí.

Lo que queda del camino guardamos silencio. Recuerdo que hace tres días estuvo aquí el presidente Enrique Peña Nieto. El gobernador Mario López Valdez, en su discurso de bienvenida al presidente, dijo “Dios está conmigo, y Enrique Peña Nieto también está conmigo”. Y pienso, dónde estaba Dios ayer, cuando la Policía Ministerial golpeó a un inocente, por un crimen que no cometió.

Elier Lizárraga/La Pared
 
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