Fortianitas
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Voy a continuar aquí desde el capítulo 3 dado que los otros dos capítulos se perdieron en el foro (si tengo respaldo, pero tener que publicar todo eso otra vez es cansado) y las leyes universales de la vida indican que el show debe continuar sin importar lo ocurrido. A partir de este punto voy a publicar como si estuviera publicando continuamente. No voy a dar explicaciones a menos que sean requeridas :P






Capítulo 3: Seres de la Ciudad


Amanece eléctrico. La densa niebla que los había acompañado en su camino al Barranco se despeja y ahora se puede ver todo con claridad. Vagabundos, borrachos tratando de levantarse del suelo o encontrar las llaves de su auto en los bolsillos, asaltantes volviendo a sus nidos de ratas entre los locales, hombres golpeando a otros hombres para castigarse a sí mismos por lo que han hecho, adolecentes vomitando la cena por la resaca, maniáticos sexuales que vuelven de maltratar a las chicas para reducirlas a lo más bajo que pudieran conocer: como si no hubieran pasado cuatro años desde que lo llamó la ciudad. Hace apenas una noche que está de vuelta, pero si cuenta su historia nadie va a creerla. Y con razón, se dice a sí mismo, si le dices a la gente que te convertiste en humo porque la ciudad consideró que ya no eras necesario y has vuelto porque las cosas se están saliendo de control, nadie va a creerte. Piensa en algo convincente para decirle a Andréia pero la verdad vuelve a él una y otra vez. Somos entes de la ciudad tú y yo, ella nos crea y nos controla como le es necesario; yo desaparecí luego de que inicié la pira de San Patricio; entonces era tu mejor hombre y la mafia le puso un gran precio a mi cabeza; era tan alto que hasta tu propia gente me perseguiría por mucho tiempo; fui extraído porque le soy útil a la ciudad, y cuando llegue el día en que ya no te necesite, ni Dante ni Kolt ni yo estaremos para protegerte; morirás sola, sin tus chicas, sin el Barranco y sin nadie que se digne a dirigirte la mirada; estarás ebria y drogada como estos vagabundos a los que tanto atacas y te ahogarás en tu propio vómito mientras vez lo que queda de ti en el reflejo de un charco; entonces desaparecerás y nadie sabrá jamás que exististe. Él conoce esa verdad, pero Andréia jamás va a creerle si lo dice de esa forma. No hay más formas de decir la verdad sino diciéndola como es. Sus pasos lo llevan despacio hasta el final del camino serpiente junto con Kim, quien no ha dicho una palabra desde que se encontraron allá al final de la calle de Kántor y lo sometió. Tú tampoco me crees, pero yo sé el final de todo esto; nunca moriré y seré testigo de cómo la ciudad se destruye a sí misma cuando Dios y el anciano ya no existan; tú morirás anciana y rodeada de nietos porque no eres un ser de la ciudad; tampoco peleas para Dios o el anciano; estás en medio del conflicto sin querer y porque estás en deuda con Andréia, pero ella jamás te dejará ir; deberás escapar para ser libre. Cállate, le responde Kim agresivamente; acabo de ver morir a muchas con quienes compartí mi vida y mis secretos; a otras ni siquiera las conocía, y yo misma maté a una que tuvo miedo; no me digas cómo moriré ni qué tengo que hacer, maldito pedazo de escoria. Nadie escapa de la ciudad, le responde Jack Knife con voz cansada. No sé de qué me estás hablando pero no te creo; si te traigo conmigo no es porque me lo hayas pedido, sino porque quiero asegurarme de que seas eliminado; desapareciste como un cobarde cuando se llevaron a Dante y Kolt y debes pagar por ello. Jack Knife se detiene un momento y la ve fijamente a los ojos. Al menos puedes quitarme las esposas; no quiero parecer un prisionero frente a Andréia. Kim piensa un momento antes de decir nada, pero decide no llevar a cabo la petición. Velo por mi propia seguridad. Si yo quisiera podría matarte en un segundo. La chica se ríe con desdén y Jack Knife pide una vez más que le retire las esposas. Kim se niega. Si no te callas voy a darte un tiro en la cabeza. Puedes intentarlo. Kim no soporta el repentino desdén de Jack Knife. Sólo son ellos dos en un día que no ha iniciado. Están lo suficientemente lejos para alguien los vea y el silenciador opacará el disparo. Nadie sabrá que fue ella porque hará desaparecer el arma una vez que llegue a su destino. Si me matas Andréia jamás sabrá a dónde se llevaron a Dante y Kolt, y estará vulnerable porque no esperará el ataque del enemigo; además sabes que Andréia querrá escucharme aunque te parezca ridículo lo que estoy diciendo, y si puede que ella te mate a ti luego, considerando las circunstancias. La chica ríe descaradamente. Acabas de decirme que moriré rodeada de nietos y un momento después me dices que Andréia me matará si yo te mato; eso no tiene sentido; ahora puedes ver por qué no te creo. Yo digo futuros posibles, no puedo evitar que se desaten cadenas de eventos repentinos y el destino de cada persona está relacionado directamente con ellos; yo te hablé de un futuro probable si haces lo correcto y me llevas ante Andréia y luego te dije lo que podría pasar si no lo haces; la decisión final es tuya. Kim no sabe si reírse de su prisionero o darle un tiro ahí mismo, pero ha sido cautivada por la seguridad con que Jack Knife le habló de su futuro. No cree en esas cosas pero está perdida, como Aquiles buscándose a sí mismo en el reflejo del Estigia. Algo en él la ha paralizado. Una estatua que no sabe ni siente, como allá en la Gran Casa de la Música hace unas horas. Cómo sabes que pensé en matarte. No se siente muy inteligente en ese momento. Lo adiviné en tus ojos; y, como te he estado diciendo, conozco el futuro; cuando nos encontramos pude matarte para evitar que me trajeras de esta forma al Barranco, pero te dejé capturarme porque eres necesaria en esta guerra; le conté la misma historia a Dante, pero no me creyó. Es lógico. El silencio es insoportable y pesado, como una máquina de escribir descompuesta. Jack Knife decide dejar de jugar y ataca a la yugular. Y vas a matarme o me quitarás las esposas. Kim, por primera vez en su vida, no esta segura de lo que va a pasar. No haré ninguna de esas, pero te llevaré con Andréia de cualquier forma; en parte has ganado, pero sigues siendo un cobarde. Jack Knife no sabe si ignorar lo último y hacer amistad con Kim, preguntarle luego por Ka y dejar que las cosas sucedan después de eso o simplemente caminar hacia su destino con los ojos y oídos puestos en otro lugar, pero el olor del Barranco lo llama. Hay algo en la atmósfera que lo atrae hacia la destrucción. Algo que no ha cambiado en los cuatro años que se fue. Pero no se fue, estuvo omnipresente en cada suceso de Kántor, como si hubiera estado mezclado con cada partícula de la Ciudad, a quien ahora llama Madre. Kim, por su parte, no ha tenido tiempo de llorar a sus compañeras, algunas consideradas hermanas, otras no tanto pero compañeras todas al fin. Aún siente el pesar de la pérdida, pero es necesario reprimir las lágrimas un poco más, por lo menos hasta que llegue a su cubículo privado. Ahí estará sola, porque quienes escuchen su llanto entenderán el dolor y se alejarán todo lo posible. Jack Knife lo sabe, pero no dirá nada.

En el Salón las chicas hacen cambio de guardia. Jack Knife y Kim pueden verlo al entrar. Ha sido así desde hace dos noches, cuando lo de Isaac. Las chicas han aprovechado el rumor para infundir un poco de miedo entre los visitantes, a nadie le gusta que se pasen del límite. Cuando los dos, captora y prisionero, caminan entre las prostitutas se hace un silencio repentino y luego se escucha un siseo, como si una serpiente de mil voces de pronto volviera a la vida de su sueño. Todas quieren saber qué pasó. Por qué Kim lleva a un prisionero encañonado por todo el Salón así nada más. Cuando camina todas le abren paso: saben que no deben interferir, y menos con Kim, cuando alguien lleva a un hombre esposado a ver a Andréia. Nadie ha mencionado que vayan a ver a Andréia, pero no hace falta recalcar lo obvio. Kim intenta mantenerse concentrada. Hay, entre quienes la observan, hermanas o amigas de las que murieron asesinadas la noche anterior y no sabe cómo les contará la historia o decirles que murieron cumpliendo su deber o algo de esa basura que le dicen los soldados de alto rango a las esposas de los que mueren en las películas. No sabe con quién empezará y con quién terminará, y sólo ponerse a pensar en ello es agobiante: qué palabras usar, qué rostro mostrar, o si será necesario llorar o no, pero eso se improvisa en el momento. Se mantiene fría para enfrentar a Andréia, quien seguramente estará impaciente por escuchar su relato. Jack Knife busca a Ka entre las curiosas. Ella es la única que conoce la verdad y nadie le cree. Eso él lo sabe. Lo que no sabe es si ella lo perdonará por haberla dejado en un momento tan crítico de su vida o, no lo duda pero no esta seguro, si todavía está viva. Nunca había visto a tantas de las chicas de Andréia en un solo lugar. Contempla la belleza y entiende por qué los hombres de Kántor caminan como idiotas por la ciudad: hay sirenas ebrias cantando himnos de guerra y prostituyéndose por todas partes.




Cuarto de interrogatorio. Kolt esposado y atado a una silla y con todas las luces sobre su cuerpo. Nunca creyó que alguien fuera a traicionarlo revelando su secreto. Debilidad a la luz, se dice a si mismo, no hay forma de huir de esta fortaleza. Le duelen los ojos. Alcanza a contar siete u ocho lámparas de gran intensidad mientras parpadea para acostumbrarse al a luz, pero pronto se cansa porque la vista le juega bromas pesadas. Ausencia total de sombras. Imposible huir a cualquier lugar del mundo. Todavía siente el ardor de la batalla dentro de sí y le duele cada musculo de su cansado cuerpo. Luego de que los capturaron fueron transportados a la fortaleza de Strozzi, donde un montón de hombres los golpearon con porras, robles, bats, cadenas, enormes llaves de tuercas y otras cosas que le duele recordar. Lucharon como nunca, pero el enemigo los supero en fuerza y numero. Hubieran podido oponer mas resistencia pero los separaron. A Dante tuvieron que drogarlo para dejarlo fuera de combate, de lo contrario hubiera seguido luchando hasta morir. A él lo golpearon en la cabeza. Hubiera sido su cuarta muerte, pero los hampones de Strozzi tenían tanto miedo que dudaron en asestar el último golpe. El dolor le recorre todo el cuerpo de nuevo y ahoga un grito en su garganta. La mueca es horrible pero el exceso de luz impide que pueda ser vista. Sus ojos lagrimean. Kolt busca en su catálogo mental a un posible traidor, pero las fotografías se sofocan antes de que pueda reflexionar en nadie. Todos sus sentidos e ideas están entorpecidos por el exceso de violencia. No puede pensar ni escapar. Imposible huir a ningún lugar. Hay algo tibio brotando de su cuerpo. Sangre. No puede tocarla, pero un pequeño hilo que baja por su frente llega hasta su boca y reconoce el sabor. Tiene la certeza de que pronto morirá.

Después de un rato sus ojos se cierran automáticamente y puede ver dentro de su propia oscuridad. Imposible huir a cualquier lugar del mundo, así que huye hacia sí mismo. Es como si recorriera caminos desconocidos. De repente una vorágine de sucesos lo atrapa y lo jala en flashback por todos los recuerdos de su cuarta vida y el mundo real, donde la luz escuece, se pierde para siempre. Se ve a si mismo matando desde las sombras, en la ultima batalla la noche anterior. Luego Stephanie toca en el Destiny y después hace el amor con María en el templo de San Patricio. Idas y venidas al mundo de las tinieblas. Matanzas y carnicerías. Escenas de sexo y violencia de diferentes tiempos mezclándose con una red confusa de sueños y fantasías que no se distinguen de la realidad. Todo pasa frente a él en tecnicolor. Cae en una calle negra que no tiene nombre y una mujer madura acaricia su rostro. No la reconoce pero sabe que es su madre por las lágrimas que se forman en sus ojos mientras camina en el asfalto. Al final de la calle esta su hermana iluminada por un halo de luz que parece descender del mismo cielo, producido por el dedo de Dios. Vamos a morir, sale de sus labios sin saber por qué y, recargada en un farol, la madre llora desconsolada porque perdió a su hijo. Unas manos salen de la nada y lo arrastran hacia un gran charco de asfalto y cemento en estado liquido. Cual es tu nombre, soldado Kolt. Cual es tu objetivo. Matar. Una voz gutural habla desde las profundidades de la ciudad y las imágenes se vuelven negras. La película se acaba y todo lo que se siente es el sonido de una aguja sobre un acetato de treinta y tres revoluciones. Oscuridad Eterna. El principio de su cuarta vida.

Sangre. Pasan tres siglos, dos meses, cuatro horas, tres segundos y una eternidad en un pensamiento y Kolt no sabe en qué vida esta viviendo. El tiempo es magnético y se le adhiere a la piel como saliva salvaje. Corrosivo. Vuelve a sentir la luz cegadora como un golpe en la mandíbula. No. Es un puño el que lo golpea, la luz blanca sólo lo mantiene el la silla. Siente otro golpe y otro más tratando de destruir lo poco que queda de su cuerpo. No puede defenderse, así que se rinde y deja que quien lo castiga haga su voluntad con la ruina que ahora es. Distingue palabras antes de los golpes. Más sangre. Por primera vez en mucho tiempo se pregunta por qué. No tiene idea, pero la voz que habla antes de golpear es como un tornillo que se resiste a entrar en su cráneo y no alcanza a armar frases ni nada que signifique algo. Sonidos dispares. La voz se vuelve eco y repite sonidos extraños una y otra vez, como efecto de delay en un amplificador. Las palabras desperdigadas se vuelven preguntas y los golpes duelen más y más con cada segundo que muere. Por fin logra pensar claramente y se da cuenta de que está drogado. No sabe si dijo algo o no, pero antes de cada golpe se repite la misma pregunta: Dónde esta Stephanie, maldito hijo de puta. No responde. Intenta huir hacia sí mismo pero es imposible, la luz lastima más que antes y el cuerpo le duele como si toda Kántor lo aplastara. Entre destellos luminosos y lágrimas alcanza a distinguir los enormes y brillantes ojos del monstruo que acaba con él. Jamás los olvidará. Dónde esta Stephanie, maldito hijo de puta. Imposible escapar.


Dante es Prometeo encadenado. Le han robado el fuego. En el techo un foco titila a punto de explotar. El efecto de la droga empieza a menguar y siente hambre como nunca antes. No se pregunta en dónde está porque la atmosfera es inconfundible: La fortaleza. Recuerda todo el sufrimiento de su hermana y su furia se renueva durante dos segundos. Sigue débil por la golpiza, pero está tan dispuesto a matar que no piensa en otra cosa. Sentado en posición fetal como está intenta sumirse en sus pensamientos. Empaparse entre los recuerdos de su niñez y Stephanie y el tiempo en el que le gustaba la música clásica. Hambre. No lo logra. Piensa en sangre y su apetito se incrementa. Matar lo vuelve loco. Piensa en otra cosa, se dice, pero no lo logra. Recorre la habitación con la mirada y no puede creer lo que hay frente a él: un plato con una hamburguesa y un enorme vaso de coca-cola. Odia la coca-cola, pero en ese instante es como el contenido del santo grial, así que se arrastra como una rata tratando de sobrevivir. Demasiado hermoso para ser verdad. Está a dos centímetros de su manjar cuando las cadenas que lo atan le impiden llegar hasta el. Estoy tan cerca, maldita sea. Puede sentir la suavidad del pan y la carne derritiéndose en su boca. El queso, la lechuga y otros condimentos que detesta bajar por su esófago, mitigando su hambre. Se le hace agua la boca de pensar en la coca-cola burbujeando en su estomago y liberando un gran eructo luego de dos o tres tragos. Se imagina chupándose los dedos para saborear los residuos de la kétchup. Toda esa gloria a dos centímetros de sus manos estiradas. Rasguña el piso esforzándose en vano por llegar. Hambre. Estoy tan cerca. Una risa burlona atraviesa el pequeño calabozo de lado a lado. Dante la reconoce. Edgar. Un odio del pasado en cuyos ojos se dibuja el recuerdo de la humillación. Busca la voz con los ojos. Está sentado con las piernas cruzadas y usa ese maldito traje elegante de siempre. Se pone de pie. Es Hércules enfurecido. Se lanza en un ataque intempestivo de furia. No alcanza a su enemigo. Las cadenas lo mantienen en el infierno. Aquiles buscando a Héctor, pero esta muerto y no hay retorno. La risa continua y los dos centímetros que lo separaban de la hamburguesa lo separan ahora de su enemigo. El halcón se come sus entrañas. El otro se quita los lentes y sonríe. Los limpia con un pequeño pedazo de seda y se los vuelve a colocar. Dante le escupe en la cara. A Edgar se le dibuja una sonrisa fría en el rostro y vuelve a quitarse los lentes para limpiarlos. Luego, con la misma seda, se limpia despacio la saliva y vuelve a ponerse los lentes. Ha pasado tiempo, dice haciendo caso omiso a lo que acaba de suceder; para serte franco, esperaba no verte por aquí nunca mas, pero Isaac no te mato en el Barranco; luego me contarás como es que escapó de las garras de Andréia. Dante ve como su enemigo camina hasta la hamburguesa, la recoge y le da una gran mordida. Las comisuras de los labios se le llenan de kétchup que se limpia con la lengua luego de darle un trago a la coca-cola. La mejor carne de la ciudad, aunque ya está algo fría, dice sonriendo; supongo que alguien como tu no come estas cosas, así que me tomaré la libertad de acabar con ella. Dante siente la ilusión del sabor en su boca al verlo comer y la furia se le hace bola en el estomago. Cuéntame, dice saboreando un segundo bocado de hamburguesa, has visto a tu hermana; tienes poco tiempo de haber vuelto, seguramente pasaste a visitarla; después de todo, hace años que no la veías. Dante recorre la celda una última vez antes de volver a su rival. Todavía está atontado pero no tiene dudas de encontrarse en La Fortaleza. Por qué te interesa mi hermana, se atreve finalmente a hablar; qué tiene que ver ella con lo que está pasando. Edgar camina de un lado a otro frente a él, tiene cara de querer conversar. Aún no me olvido de lo que eras, Dante, y estoy seguro de que tú tampoco te has olvidado de mí. Se ven fijamente. Se reconocen. Se dan tiempo para odiarse. Dime, Dante, qué se siente ser el favorito de Strozzi y Andréia. No sabe qué contestar. Qué se siente que todos te teman y te llamen chacal. Edgar se para frente a Dante y sostiene su cara con la mano derecha. Examina sus rasgos. No hay nada de chacal en él, sólo unos ojo marcados por la sangre de otras batallas y recuerdos que lo mantienen cuerdo. Voluntad de hielo. Inquebrantable. Un martillo que golpea a los hombres y les muestra el verdadero dolor. Reúne todo su odio en su puño y le da forma. Golpea dos veces con toda su furia. No pasa nada. Golpea de nuevo y Dante cae de rodillas. Su mirada sigue siendo la misma. Edgar explota y lo golpea hasta derribarlo. Camina a su alrededor. Lo pisotea como si fuera un insecto pequeño. No hace ningún ruido. Edgar se enfurece. Continúa su castigo con más fuerza. Nada. Se desespera. Sabes algo, Dante, tu hermana era de lo mejor en la cama; me la chupaba hasta que no podía y luego la golpeaba y la sometía. Ríe. La mejor parte era cuando tu hermanita ya no podía; entonces yo la abofeteaba y ella pedía más; con más fuerza, decía, pégame, por favor, con toda tu fuerza; era la mejor puta de Strozzi. Pone un pie sobre su pecho y presiona. Me excita sólo el hecho de recordarlo. No logra provocarlo. No grita. Eras un fastidio para mí cuando estabas aquí, recuerdas; yo era el segundo al mando pero a tú ibas a las misiones; quitabas la basura de en medio; yo era el que negociaba, el vocero, el heraldo; odiaba todo eso. Sus recuerdos resbalan por sus ojos, como perlas muertas lanzadas en el camino. Cuando le pedía a Strozzi que me enviara a una misión me decía que eso no era para mí, que yo era bueno hablando, lavándoles el cerebro a sus enemigos para que se sometieran, negociando con sus aliados; jamás volví a pedirle nada; me limité a cumplir órdenes y hacer mi trabajo. Dante quiere oír otra cosa, así que se distrae con algo en el techo. Vuelve a prestar atención cuando el pie de Edgar presiona con más fuerza aún sobre su pecho. No grita. No recibí una misión hasta que te largaste; los hombres no confiaban en mí, siempre estaban diciendo que el puesto me quedaba grande y no dejaban de compararme contigo; mírame ahora. De nuevo presiona, más y más fuerte cada vez. Se caya para poner en orden sus pensamientos. Está a punto de romper en llanto pero se controla para seguir humillando a su rival. Se acerca a él. Dime, qué se siente estar ahí abajo, derrotado, reducido a la mierda bajo mis zapatos. No responde. Frustración. Ira. Una lágrima suicida. Qué se siente, Dante. El pie golpea como un cañón que mata a mil hombres. Qué se siente. Una y otra vez sus músculos disparan para castigar a Dante, quien no hace ningún ruido. No se queja. Vas a morir; te enviaré al infierno y haré que tu historia sirva de escarmiento para quienes me desafíen en el futuro y me bañaré con tu sangre para cubrirme de gloria; tu hermana será mi recompensa y mi esclava por toda la eternidad y tú no podrás hacer nada para evitarlo. Entonces hace ruido. Una tos. Luego se vuelve un sonido espeluznante, como mil murciélagos. Edgar se detiene. La tos se convierte en carcajada. De qué te ríes, malnacido. Dante se esfuerza para hablar. Sus palabras son extraídas de algún ente siniestro. Ahora que te desahogaste es mi turno. Se pone de pie. Crees que te comparas conmigo sólo por esto que acaba de pasar. De nuevo la risa. Me han dado palizas peores y he salido caminando cada vez que me torturan; esto se trata de un juego de niños; no eres ni el remedo de mi sombra; nunca llegarás a ser lo que yo soy; los hombres me seguían porque me respetaban, admiraban mi valor en batalla y estaban dispuestos a morir por mí porque yo moriría por ellos; sangraban a través de mí, mis gritos resonaban un millón de veces en sus corazones mientras que tu voz no es más que el murmullo de un niño asustado. Cállate, bastardo. Edgar golpea el rostro de Dante con lo que aún le queda de sus fuerzas. Sus palabras, aunque casi inaudibles, son profundas y afiladas como mil colmillos alrededor de su cuello. Yo tengo el poder; tú no ere más que un recuerdo. Dante ríe. Los hombres temen enfrentarse a mí porque saben que es la muerte. Los hombres que te seguían ahora me siguen a mí, sometidos a mi voluntad. Se ríen de ti cuando no los ves porque eres un pelele; sigue órdenes igual que ellos; yo no tengo amo y todos me desprecian; prefiero eso a ser tú. Punto débil. Edgar se aparta para recuperar la respiración. Ambos están agitados. Ahora es él quien ríe. No, Dante, no eres invencible. Golpea de nuevo hasta tenerlo arrodillado. Puedes ser un chacal pero existe una forma de ponerte una correa; tal vez no tengas amo pero tienes una hermana. Dante sigue respirando profundo. Strozzi te controlaba a través de ella amenazándote con su muerte si llegabas a fallarle; luego Andréia lo hizo cuando nos traicionaste; juró protegerla de cualquier daño mientras le sirvieras y revelaras algunos de los secretos de sus enemigos; ahora de nuevo estás en nuestro poder, junto con tu hermana; me costó mucho trabajo pero al fin descubrí que la esconden en el Barrio Antiguo, sólo hay que sacarla de ahí y conozco el método para hacerlo; será difícil sacarla del territorio enemigo. Edgar se regocija en su triunfo. Quién ríe ahora, Dante. Las cadenas no rosan entre ellas mismas como si su presa se moviera. Los únicos sonidos ahora son una risa y una respiración opaca. Y tú no podrás hacer nada porque estarás en el Barranco matando a Andréia si quieres evitar que asesine a tu hermana con mis propias manos. Dante es Prometeo encadenado. Le han robado el fuego. Todo el dolor de la paliza e junta en un solo espasmo de furia. Un grito desgarrador llena el calabozo y le recuerda a Edgar que no es un hombre cualquiera el que tiene ahí. Pronto vendrán a liberarte; si haces un movimiento en falso morirás aquí mismo, así que te conviene ser obediente en todo momento. De vuelta a los viejos Días. De todo y de nada. Una metáfora inagotable de la ira del hombre. Edgar golpea una última vez sólo por diversión. Luego abre la puerta del calabozo y se retira. En el techo un foco titila a punto de explotar.

Cuando vienen a liberarlo Dante sonríe. Apenas puede procesar la información que acaban de darle. No sabe cómo saldrá de ésta. Te amo, Stephanie; eres mi diosa y mataré a la gran puta del Barranco en tu nombre. Le gusta cómo suena ese pensamiento.
 
Fortianitas
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Here i am again...

y cuando llegue el día en que ya no te necesite, ni Dante ni Kolt ni yo estaremos para protegerte; morirás sola, sin tus chicas, sin el Barranco y sin nadie que se digne a dirigirte la mirada; estarás ebria y drogada como estos vagabundos a los que tanto atacas y te ahogarás en tu propio vómito mientras vez lo que queda de ti en el reflejo de un charco; entonces desaparecerás y nadie sabrá jamás que exististe.

Dios. Golpe de humildad en toda regla en toda la boca de Andréia. Eso nos recuerda que, al fin y al cabo, no somos nada. Somos polvo, y al polvo volvemos. Humo en el caso de Jack.

Joder, Knife es genial. Qué repaso le está dando a la pobre Kim dándoselas de adivino. Creo que la pobre chica debería buscarse a un rival intelectual (y rival a secas) de menor calibre.

No cree en esas cosas pero está perdida, como Aquiles buscándose a sí mismo en el reflejo del Estigia.

Aaayy, maldito. Sabes que estas cosas me encantan.. >_<

y no sabe cómo les contará la historia o decirles que murieron cumpliendo su deber o algo de esa basura que le dicen los soldados de alto rango a las esposas de los que mueren en las películas.

¡Catapúm! Una gran dosis de realidad para Hollywood y Estados Unidos, en toda la cara. Me encanta.

Contempla la belleza y entiende por qué los hombres de Kántor caminan como idiotas por la ciudad: hay sirenas ebrias cantando himnos de guerra y prostituyéndose por todas partes.

Jeeejejejee... Creo que alguna vez ya te he leído alguna similar, pero mola.

Hostia, ¿es la cuarta vida de Kolt? Fascinante.

Me encanta el flashback de Kolt cuando está sumido en el delirio, en el cuarto de interrogatorios. Y todo el siguiente párrafo también es genial. Y el principio del párrafo de Dante también. Dios, qué acelerado voy, xD

Se pone de pie. Es Hércules enfurecido. Se lanza en un ataque intempestivo de furia. No alcanza a su enemigo. Las cadenas lo mantienen en el infierno. Aquiles buscando a Héctor, pero esta muerto y no hay retorno. La risa continua y los dos centímetros que lo separaban de la hamburguesa lo separan ahora de su enemigo.

Ya sabes lo que te voy a decir. Para qué repetirse.

Dante quiere oír otra cosa, así que se distrae con algo en el techo.

Dios, me encanta cómo pasa olímpicamente de él.

Genial el discursito de Dante. El otro no se cagó en los pantalones de milagro.


Bueno, no sé si es porque hoy tengo un buen día de lectura, o porque antes ya estuve leyendo La Pira, pero esta vez el capítulo no se me ha hecho nada denso. Nada de nada. Bueno, de lo mejor. En fin, que debo rectificar un poquito. Y esperar con ansia lo siguiente, =)
 
Fortianitas
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El siguiente va a tardar un poquito. Como me apresuré a terminar el capítulo 3 dejé un montón de descuidos que me alteraron el curso del 4 (que ya va avanzado también). Tuve que dar un paso atrás y corregir algunas cosas y aún estoy en el proceso, pero pronto quedará listo. A final de mes si me pongo a trabajar.

Oye, ¿dónde dejaste a tu amigo?
 
Fortianitas
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Justine camina sobre el asfalto aún frio antes de que empiece la mañana como si estuviera volando. Sigue mis pasos tan callada como ayer y yo reviso mis opciones. Andrea intentará matarme por venganza y Strozzi por traición. La policía no hará mucho por mí. Tengo pocos amigos y ningún aliado y la poca gente que me conoce y trabaja para mis enemigos. Si me dedico a correr y a esconderme en algún momento alguien va a encontrarme. Estoy acorralado. Por un momento olvido que no puedo morir. Me entristezco y me rio de mis enemigos al mismo tiempo. Pueden intentar matarme hasta que se cansen y no lograrán mucho. Por otra parte quisiera que alguien viniera a matarme y poder abandonar esta maldita ciudad. Veo nuestro reflejo en los aparadores de las tiendas y me causa gracia la forma en que la pequeña intenta seguirme el paso. Uno de mis pasos cuesta tres de los suyos. Ella también ríe. Aparentemente durmió mejor que yo, pero ambos tuvimos sueños difíciles por la noche. Apenas decimos palabra y no es para hablar de eso. Pregunta que si alguna vez tuve hijos. Hace mucho de eso pequeña; larga historia. Luego pregunta cualquier cosa sobre cualquier cosa y le respondo con algo sobre comunismo y los países del tercer mundo y ella se calla. Vuelvo a mis otras opciones. Las analizo. Las saboreo. Mis pensamientos se acomodan para colisionar y Justine vuela imaginándose vestida con uno de esos harapos que ya nadie usa. Siento el metal entre mis manos. Por un momento el impulso de dispararle vuelve y se hace fuerte y me congela las tripas, pero algo mas profundo dentro de mí combate el impulso e intenta destruirme. Destruyo las nuevas ideas y Justine sigue tonteando con cosas que encuentra tiras en la calle. A veces parece más niña de lo que es. Reviso mis opciones: tengo un montón de dinero para comprarme un escape de la ciudad. Tengo un montón de armas en caso de que nadie quiera vendérmelo. Tengo un castigo encima con el que sentiré cada muerte de cada habitante de la ciudad cada segundo que pase si mato a alguien. Tengo a Dios siguiendo mis pasos para mandarme al infierno cuando sea su momento. Tengo toda la maldita ciudad para merodear y no hacer nada. Justine se cuelga de mi brazo. Siento el metal entre mis manos. Un escalofrío horroroso me sube por la espalda. No me toques con un demonio. Sacudo el brazo y la pequeña sal disparada contra un cristal de alguna tienda electrónica. No se rompe, pero el grito que di y el estrépito del golpe fueron suficientes para llamar la atención de algunos curiosos que se levantaron temprano. La pequeña está a punto de romper en llanto. Veo a Dios entre el grupo que se ha formado a mi alrededor. Todos gritan. Todos reclaman por el maltrato que el grandulón le da a su hija y le interrumpen el paso para que de explicaciones. Dios observa cómodamente desde su invisibilidad. Por qué te escondes, hijo de perra. No me escondo, Isaac; todas estas personas pueden verme, igual que tú, pero no saben quién soy; sólo observo. Reparo en que habla más telepáticamente. Hasta para hablar eres un cobarde. Lo ignoro junto con las personas que se aglomeran a mí alrededor. Intento se amable. Déjenme pasar, por favor. El círculo se cierra a mí alrededor. Al demonio. Lanzo un puñetazo al frente y alguien cae desmayado. Ignoro si es hombre o mujer. La gente se calla pero las miradas inquisidoras siguen ahí. Las ignoro. Dios sonríe. Reviso mis opciones: Kántor, lo que sea que eso signifique. Eres un hijo de puta, Isaac; tratas mal a la pequeña porque te recuerda a tu familia y te odias a ti mismo por no ser capaz de redimirte; admítelo. Ignoro a Dios. La pequeña se levanta y la gente la rodea. La ignoro. La gente habla de lo mal padre que es el grandulón. Sólo un mal padre es capaz de tratar así a una jovencita como aquella. No sería de extrañarse que ya no fuera virgen. La pequeña ignora a la gente y camina tras de mi mientras me alejo. El grandulón es un malagradecido porque la joven es tan dulce que lo perdona y lo sigue sumisa. Todos se callan y vuelven a la imbecilidad de sus vidas. Dios me ofrece una sonrisa y se la devuelvo. La imbecilidad de mi vida. Justine camina sobre el asfalto caliente y extraña sus zapatos. Acabo de percatarme que está descalza. El sol se alza imponente sobre la sumisa Kántor. Dios se fuma un cigarro y Justine no sabe quién es. Por mi parte, yo me sumerjo en la oscuridad por que el sol me encandila. Reviso mis opciones:…

Entramos en una zapatería cualquiera para que la pequeña escoja un par de zapatos. Al verla descalzo el empleado me juzga detrás de su uniforme y le devuelvo una mirada dura. Me siento y Justine se pasea varios minutos por los aparadores buscando los zapatos que más se le acomoden. Observa como si se tratara de la decisión más importante de su vida y cada segundo que pasa es como una mariposa moribunda en medio de la maldita mole material que magnifica la mísera existencia humana. Con cada segundo muere una mariposa y al paso de cinco minutos hace que la espera valga la pena. Escoge unos zapatos rojos y le dice su talla al empleado, que corre a buscarlos como si se tratara de unas zapatillas para la reina. Cuando vuelve con ellas se inclina ante Justine. Hace que se siente para ayudarle a probarse el calzado. Masajea sus pequeños pies de porcelana y se emociona mientras lo hace. Que pies más bellos, dice con voz quebrada de excitación, ojalá yo tuviera unos así. La pequeña disfruta el buen trato unos segundos, pero al ver que el empleado está emocionado con sus pies se incomoda. Me pide auxilio con la mirada. Veo como el empleado goza del masaje. Ojos vacios, hoyos negros. Observo más detenidamente y noto que al imbécil le cuesta trabajo dominar su erección. Pervertido. Fetiche con los pies. Decido ser el caballero en armadura de Justine. Quieres darte prisa, por favor, no tenemos todo el tiempo del mundo. Claro, responde en tono sexual el pervertido, permítame que le ayude, señorita. Arrastra cada letra de la última palabra. Disfruta pervertidamente cada segundo que tarda en calzarla. Estoy al límite. Todo lo que necesito para golpearlo es que sus dedos suban medio centímetro más de lo debido. El tipo tendrá tantas fracturas en su cuerpo que pensara en mi y sentirá dolor. Cada vez que quiera hacer alguna perversión recordara todo el sufrimiento que soy capaz de impartir. Vamos imbécil, rebasa el límite, hazme enfadar. La pequeña está caminando para comprobar que los zapatos le queden bien. Ríe y se contonea como gatita y el empleado observa cada pulgada de sus curvas apenas formadas. Justine le sonríe y todo su cuerpo vibra. No puedo estar del todo seguro, pero su sonrisa y la mirada en sus ojos dicen más de lo que pueda estar pensando. Corro a la caja y le pido un recibo a otro empleado, con quien intercambio alguna palabra sobre mí, pues ambos voltean a verme con desdén. Ahora camina lentamente de regreso y me da el papel con el monto a pagar. Leo ciento setenta y cinco kliks y le doy dos billetes de cien. Le hago una seña con la cabeza a Justine para indicarle que debemos irnos y ella corre hacia mí con su pequeña sonrisa de gratitud pintada en el rostro. Son los mejores que eh tenido, dice con todo el cuerpo. Pienso en algo inteligente para responderle pero no digo nada por temor a arruinar su felicidad. La dejo que juguetee un poco más con ellos y luego caminamos juntos hacia la salida. La pequeña ve sus zapatos nuevos y sonríe. Nunca había visto a nadie tan feliz.
Estamos a dos pulgadas de la calle cuando el empleado se acerca a toda prisa a Justine. Olvidaron el cambio, le dice frotando su hombro mientras habla. Gracias, imbécil, acabas de hacer justo lo que quería. Una sonrisa diabólica se dibuja en mi rostro, como si mis músculos respondieran automáticamente a un impulso fuera de mi voluntad. Mis ojos inyectan furia a kilómetros de distancia. De dos pasos apresurados llego hasta Justine y mi pervertido favorito y veo dos muecas idénticas de terror al ver mi furia. La pequeña grita desesperada al verme golpear al empleado. Lo tomo del cuello de la camisa y lo arrojo contra el cristal de un aparador. Golpeo su rostro tantas veces que siento dolor. Veo cómo se va convirtiendo de persona a algo informe cuya fuente de vida se le escapa por cada herida que mis puños abren en su cara bonita. A medida que los gritos suben de volumen mi furia se incrementa y el castigo es tan doloroso para mi como para el. Finalmente cae al suelo sollozando y rogando que deje de golpearlo. Pateo furiosamente en su entrepierna un par de veces sólo para desahogarme. Eso te enseñará a no excitarte con jovencitas, maldito mal nacido; agradece que no te maté. Balbucea algo que no entendí y le doy una patada más. Quítate de mi vista, gusano patético; no quiero volver a saber que abusas de nadie más o vendré y te golpearé tanto y destrozaré cada parte de ti de forma que sea imposible hacer una autopsia para determinar cómo acabé contigo. El bastardo se arrodilla frente a mí y vuelvo a derribarlo de una patada en el rostro. Sus manos se llenan de sangre y llora. Inconscientemente busco a Justine con la mirada y la veo rodeada de gente que seguramente se aglomeró para verme castigar al pobre pervertido. Me percato que un susurro vuela entre nosotros y varias voces cuchichean sobre lo que acaba de pasar. No le doy la menor importancia e ignoro las nuevas miradas que me juzgan. La pequeña me ve aterrorizada. No digo nada y salgo a la calle que me espera para acompañarme y guiarme en mi huida. El asfalto bajo mis zapatos está caliente, señal de que la vida empezó hace un rato y una muerte incapaz de vencerme merodea entre la pobre humanidad. Tras mis pasos escucho el andar de una desconsolada Justine que no desiste de seguirme. No sé si quiere morir, pero conmigo encontrará un sendero de plomo y sangre invisibles que poco a poco irá consumiendo su vida y un día caluroso de verano morirá a mitad del día y desaparecerá para siempre, olvidada por el olvido. De momento se mantiene todo lo cerca de mi que puede. Dios se apiade de su alma.
Minutos más tarde escuchamos sirenas y nos ocultamos en un restaurante barato de los que uno se encuentra en el camino. Le pido un par de hamburguesas y dos coca-colas a la mesera. Justine me ve inexpresivamente. No dirás nada, le pregunto. Piensa un poco antes de hablar, como si buscara las palabras dentro de un frasco y luego sonríe. Muchas gracias, dice finalmente, has sido bueno conmigo; te prometo que después de comer dejaré de seguirte y no te molestaré más. No sé si sonrío para corresponderle o porque me causa gracia el comentario, pero algo se rompe dentro de mí y escucho como si alguien partiera en dos una hoja de papel. Veo a las otras personas conversar de cosas sin importancia. Una pareja se cuchichea cosas al oído y una madre reprende a sus pequeños para que se comporten en público. Por primera vez en mucho tiempo veo que fuera de mí la vida es buena. La pequeña sonríe de nuevo y el vacio es mi es enorme. Voy al baño, le digo, esperando que el nudo en mi garganta no se rompa. Me levanto y le pido a una de las meseras que me indique el camino a seguir, y esta se limita a apuntar con el índice en dirección a una puerta. Entro y me aseguro de que no haya nadie más. Le echo el cerrojo a la puerta. Abro la llave y me lavo las manos y la cara. Me quito de encima la sangre seca del empleado de la zapatería y me veo al espejo. No reconozco el rostro que veo ahí y recuerdo que el mío lo perdí cuando me suicidé. Entonces la espiral de sucesos empieza a dar vueltas y no me deja ir. Liz, los niños, la mafia, las prostitutas y toda la ciudad caen encima de mí como un gran yunque que me golpea una y otra vez y me entierra en la miseria. Me pudro, muero y vuelvo a la vida en dos segundos y mi garganta se rompe y mis ojos se cristalizan y de mi interior brotan sollozos que no puedo detener. Caigo de rodillas al piso y lloro desconsoladamente. De nuevo siento ganas de matar a Justine, pero siento la presencia de Dios aunque no pueda verlo. No sé si la tortura viene de el o de mi, pero quiero que termine. Lloro durante cinco minutos mas en los que lo maldigo y me maldigo a mi mismo por ser lo que soy y lo que alguna vez fui. Estoy destrozado y los pedazos de mi se van por el escusado junto con la mierda del mundo. Existo y no existo y la espiral nunca termina. Finalmente, cansado de vivir y de llorar, salgo a la realidad fuera del cuarto de baño y la pequeña come feliz de la vida. Me siento frente a ella y sonríe. Yo también lo hago. Creo que es la primera vez en mucho tiempo y se siente bien.