Fortianitas
0
Hace días estaba guardando un documento de Word en mi USB cuando vi una carpeta de nombre El Asesino. La abrí porque no recordaba lo que había guardado en ella, y con gusto me encuentro que es una historia que sobrevivió al suicidio de mi disco duro (por sus huevos dejó de funcionar un día).

La historia nunca la terminé y de momento no tengo intenciones de hacerlo, pues estoy trabajando en otro proyecto, tengo mucho trabajo (a veces) y sinceramente no tengo ganas de hacerlo. Sin embargo, sobreviven tres capítulos en los que empecé una historia sobre un asesinato en la que los personajes son el asesino, un agente del Ministerio Público y un periodista (para variar). Los voy a poner aquí sólo porque me alguos usuarios me caen bien, pero, les repito, no tengo intencion de continuar con esto de momento, así que no empiecen a decir que es una pena, que soy malo porque no lo sigo o simplemente no lloriqueen con esas cosa. Sólo habrá tres capítulos y los voy a poner con una semana de diferencia. Aquí les dejo el primero.




1 La noche del fin del mundo

Esta noche mataré a Santiago Villavelázquez. La ciudad luce como uno de esos vestidos de lentejuelas que usan las putas. Es la noche del fin del mundo. Las calles se resquebrajan bajo mis pies como la piel podrida de un zombi. Para mí, la vida y la muerte son la misma cosa, igual matas para vivir o morir. Estoy aquí para exterminar el mal. Para que puedan vivir los justos. Soy un guerrero de Dios. Noche tras noche, vigilo que los inocentes y desprotegidos no sufran a manos de los despiadados. De los que destruyen la vida por el simple placer de hacerlo. Porque pueden. Pero esta noche no pueden. Vine a defenderlos a todos. Pero esta noche quien verdaderamente me necesita es Lucía. La pobre Lucía. Día tras día su marido la azota como si fuera un animal desvalido. Incapaz de decir una palabra porque le teme a la muerte. La muerte, más allá de un castigo, para ella sería un descanso. A veces quisiera que el infierno realmente fuera un lago de lava ardiente en el que sufrirán para siempre los violadores, asesinos, bastardos hijos de puta. Pero el infierno es esta maldita ciudad, llena de narcos y atracadores que se han apoderado de las calles. Mis calles. A eso me han enviado: a destruir a toda esa mierda que merece pudrirse para siempre en el más recóndito infierno. A quemarlos vivos. A cortarles sus pequeños penes y dárselos de comer mientras aún viven como castigo. A borrarlos de la existencia.

Pero esta noche es de Lucía. Su esposo la obliga a prostituirse para pagar la renta. Si no trae el dinero de todo el mes en dos noches, la golpea hasta dejarla inconsciente. No más.

La Lombardo Toledano está iluminada siempre, aunque ya nadie se pasee por sus calles. Los niños que antes jugaban videojuegos crecieron y se volvieron delincuentes. Trabajan para alguno de los cárteles que pelean la plaza. Asaltan. Roban vehículos. Asesinan. Pero la lucha de los narcos está fuera de mí. Ese cáncer es tan grande que ni Dios con todo su ejército de ángeles podrán exterminarlo. Yo me encargo de las cosas pequeñas, terrenales. No me interesa qué capo le dé órdenes a Santiago, lo único que debo hacer es matarlo para que pague por sus pecados. “Es un buen hombre. Es cierto que a veces me golpea, pero lo hace por amor. Yo soy la que a veces no sé cómo hacer las cosas y meto la pata. A veces es mi culpa. Pero sé que me quiere. Cuando no me golpea sus ojos se llenan de amor, y hay días en los que hasta vemos películas juntos”, justifica Lucía. La pobre está sometida. Hace lo que el bastardo le ordena, y cuando se equivoca empieza a llorar y disculparse en el acto. Ya no tiene voluntad para nada que no sean los deseos de Santiago.

Lo voy siguiendo a una distancia prudente. Su andar es pesado, lento, fatídico. Como si cada paso fuera fundamental para llegar a su destino. Pronto me acostumbro. Sus pasos son mis pasos. Se va fumando un cigarro. Las cenizas brillan como una luciérnaga moribunda que da su último aliento. Expulsa el humo y se forman nubes en su cabeza. Andamos sobre la avenida Obregón. Pasamos casas y negocios y cada uno va enfrascado en sus propias ideas. Él piensa en la prostituta que se acaba de coger. Seguramente su aroma sigue impregnado en su piel, como perfume celestial con sabor a perfume barato. Yo sigo la línea roja que me impulsa. Cuento los pasos faltantes para que llegue la muerte.

Damos vuelta a la derecha en la calle Virgo. A esta hora la gente ya está en sus casas, los televisores apagados y los niños dormidos. La iluminación es buena. Santiago sigue su camino, más allá de las últimas casas del callejón que muchos llaman “el chorizo”, pues está retorcido y las casas desvencijadas. La suya es buena, con paredes sólidas y barrotes bien pintados en las ventanas. Se distingue perfectamente de las otras, que apenas y tienen una reja en la entrada para impedir el acceso a indeseables.

Entra en la casa, donde ya lo espera Lucía en la cama. La oscuridad en este sitio es intensa, pues la Comisión Federal de Electricidad no ha iniciado los trabajos de alumbrado público. La pobreza se respira. Se pega en la piel. Se saborea. Los días de mi pobreza han quedado muy lejos en el pasado, pero todavía soy capaz de recordarlos. Mi padre golpeando a mi madre porque la cena sabe a mierda de perro. Su sangre pintando de carmesí el suelo de la cocina. La mirada de mi padre, poseído por Satanás. Por eso estoy aquí esta noche. Para salvar a mi madre y a todas las mujeres del mundo de ese maldito infierno.

Sigo de largo en el camino para no levantar sospechas. Algunos jóvenes salen de sus casas y me observan. Siento el brillo de su mirada refulgir en las tinieblas, como gatos demoniacos esperando a su presa. Seguramente ladrones o punteros, como llaman ahora a los que mantienen vigilada la zona para informar a los narcos de los movimientos de la gente. Pronto les llegará su hora, pero no sé si sea por mi mano. Los ignoro y doy un rodeo por el lugar. En el portal de una de las casas está un hombre fumando. Tiene el pelo revuelto y la barba mal rasurada. Su piel morena da cuenta del trabajo arduo en las ladrilleras que antes había cerca, pero ese trabajo se acabó luego de que las fraccionadoras llegaron a construir sus casas caras para familias de clase media junto a esta gente inmunda. El hombre asiente con la cabeza, obligándome a que dirija la mirada hacia él.

-Buenas-, me saluda.

-Buenas-, le respondo inclinando también mi cabeza.

-No lo había visto por aquí, compa. ¿Qué anda haciendo?

-Rolándola nomás, bato.

-¿Dónde vive?

-Más abajo, en la 6 de Enero-, miento descaradamente.

-Al jefe no le gusta que venga gente rara por aquí, luego se nos hace un desmadre y se echa a perder el negocio. Váyase si no quiere que estos morros lo dejen bichi.

Su voz es aguda, de ranchero viejo. Expulsa el humo de sus pulmones. Delicados. Reconozco el aroma, pues era la misma marca de mi padre. Me detengo y los jóvenes se revolotean en su sitio.

-No se preocupe. Déjeme nomás a visitar a un compa y me voy. Es un bato de aquí cerca, se llama Santiago.

-¿Y qué asunto es?

-Cosas del jefe, ya sabe. Mejor no correr riesgos, oiga.

La mirada del hombre me devora. Sospecha algo. Los jóvenes empiezan a jugar con una pelota, a pesar de la poca luz. La luna ilumina la noche.

-Ese cabrón me caga las bolas. Lo que vaya a hacer, hágalo rápido.

Mis sentidos vibran. Él apenas sospecha de lo que soy capaz. La advertencia ni me intimida.

-Sobres, ’ai nos vemos.



Me paro junto a la puerta de la casa de Lucía y Santiago. Saco la copia de la llave que mandé a hacer hace varios días. Conozco a un sujeto que hace llaves a cualquier hora. Una noche me robé el repuesto guardado bajo la maceta de la entrada para copiarla. Hace una semana que me encargaron la misión, desde entonces los he seguido para conocer sus movimientos. Sus vidas. Sus muertes. Incluso he visto en su basura. Ella tiene alergia al polvo, según pude constatar en la caja de loratadina que encontré. Él seguramente ha estado cogiendo con otras mujeres, pues encontré varias cajas de condones pero no había ni rastro de ellos.
Me infiltro sin que nadie lo note. La puerta no rechina. Las luces están apagadas. La pareja hace el amor en la cama. Sólo la luz de la habitación está encendida. No tienen niños, pueden hacer todo el ruido que quieran. Sin embargo, no se escuchan gemidos ni gritos de placer. El único sonido es el de la respiración taurina de Santiago al penetrar a Lucía. Como bufidos producto del esfuerzo que le cuesta violar a su esposa. La puerta, cerrada a medias, deja paso libre para que la luz salga y yo pueda ver qué ocurre ahí dentro.

Me acerco. Alcanzo a percibir sus rostros. Él está a punto de terminar. Ella está indiferente, le da igual si termina o no. Lo único que quiere es el final de todo. Que salga de su cuerpo. Que le devuelva su alma. Aunque en sus ojos hay cierto dejo de odio reprimido, le gana la resignación. Sabe que nunca será capaz de salir de esa situación por sí misma.

Santiago se desploma sobre ella al instante del orgasmo. Su respiración va bajando. Sus latidos son más lentos. Luego se reincorpora y abofetea a Lucía.

-¿Por qué no trabajaste hoy, puta?-, le grita. Ella no responde, permanece debajo de él, con las piernas abiertas, impávida.

-¡Te hice una pregunta, contéstame!

No hay reacción. La abofetea de nuevo. Ya nada importa para ella. Santiago puede golpearla todo lo que quiera, hasta la muerte, y ella no moverá un dedo para defenderse. No lanzará una palabra o injuria. No hará nada. Está muerta en vida. Sus ojos, apagados. Santiago la golpea una vez más. Se llena de odio.

-Eres mía, ¿entiendes? Tienes que hacer lo que yo te diga, y si te hago una pregunta tienes que contestarme, puta. ¡Puta!-, sentencia una vez más antes de azotarla.

Mi sangre hierve. Siento cómo una fuerza extraña me invade el cuerpo. Sube desde mis pies y sale por mi nariz. La respiración se corta. La cabeza se llena de recuerdos de mi infancia. Con cada golpe de Santiago veo a mi padre acabando con el rostro de mi madre. La expresión en su rostro es idéntica. En mi interior se revuelve la misma sensación extraña desde entonces. Mi mirada se vuelve borrosa. Aprieto los puños para que la fuerza no escape. Pronto se transforma en odio hacia todo lo viviente. Deseos de exterminar a la raza humana del planeta. Odio en su forma más pura.

Santiago se levanta y se dirige al baño de la habitación para limpiarse. Lucía se queda tirada en la cama. Ya no siente deseos de nada. Cierra los ojos y una pequeña lágrima se fuga por sus mejillas. Siento deseos de abrazarla. De decirle que pronto todo estará bien. Que ya no hay nada que temer. Pero no puedo hacerlo. Mi misión es únicamente exterminar a su esposo. No debo involucrarme con ella. Santiago vuelve. Intenta besarla, pero ella se quita. Lame su mejilla. No hay respuesta. Hace una señal para golpearla y se detiene a medio camino. La examina.

-Ya ni golpearte vale la pena. De todas formas no sirves para nada.

Lucía se queda inmóvil.

Santiago se levanta de la cama y apaga la luz.



Espero junto a la puerta el momento crucial. La noche avanza hacia su hora más profunda, cuando ya nadie hace ruido. La pareja duerme. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, así que puedo observarlos. El cuerpo de Lucía está todo lo lejos posible del de Santiago. Él ronca sonoramente. Ella no hace ningún sonido, ni siquiera se escucha su respiración. Es el momento. Doy pasos pequeños, silenciosos, hacia el interior de la habitación. Me acerco sigilosamente hacia la cama. En mi interior un volcán está a punto de hacer erupción. Siento cómo se abren de par en par las puertas del infierno.

Extraigo el arma de operaciones que guardo bajo mi camisa: una Pietro Beretta de nueve milímetros con silenciador. Estoy junto a Lucía. Mis pensamientos se revolucionan en señal de que debo actuar. Mi mano izquierda cubre su boca para que no grite. Acerco el arma hasta la cabeza se Santiago. Lucía despierta. Se revuelve al sentir que mi mano la oprime. Santiago también despierta pero no entiende nada. El chasquido del disparo rasga la noche. Puedo percibir cómo el cuerpo de Santiago deja de moverse. Todas sus funciones quedan anuladas. No alcanzo a ver, pero seguramente sus sesos se embarraron en la pared. Siento ganas de susurrarle a Lucía que ya puede iniciar una nueva vida. Que es libre de su condena. Que el mundo de nuevo es un buen lugar para vivir. Pero no puedo. Debo salir de aquí.

-Si te mueves, hablas, o respiras a ti también te mato. ¿Entendiste?-, la advertencia es clara. Todavía no he terminado, pero necesito que ella se quede quieta para realizar la última operación.

Mueve la cabeza en señal de que entendió. Libero su boca despacio. No hace ningún ruido. Extraigo una pequeña linterna de mi bolsillo. Emite una pequeña luz blanca, suficiente para iluminar un poco y que pueda buscar el casquillo de la bala. Lo encuentro rápido. Luego voy del otro lado de la cama para buscar la bala. Veo la cabeza hecha pedazos de Santiago. Los sesos cuelgan. Un ojo está fuera de su órbita. La sangre escurre a borbotones por el agujero de salida. Una muerte aterradora. Ya no siento nada. El odio me ha dejado. La única fuerza que permanece es la de mi corazón latiendo a mil por hora, apresurándome para abandonar la casa. Piso con cuidado para no mancharme de sangre. Con la linterna, busco orificios en la pared. Encuentro uno. Introduzco mis dedos para buscar la bala. Por suerte se hundió en los ladrillos y no rebotó. Aún está caliente. La deposito en el bolsillo, junto con el cascajo. Dirijo la luz hacia Lucía, quien cierra los ojos al sentirla lacerante.

-No llames a la policía-, le advierto.

Me doy la vuelta y camino despacio hacia la puerta. En este momento, el alma de Santiago ya está ardiendo. Lo he enviado al infierno, pues soy un guerrero de Dios y para eso me enviaron. Salgo de la casa hacia otra vida. Hacia otra noche. Dejo que Lucía descanse y se haga a la idea de que todo su mundo está a punto de cambiar, pues su verdugo ha recibido un castigo divino.



Camino unos pasos hacia fuera de “el chorizo”. Me encuentro al hombre de antes y uno de los jóvenes que jugaban con la pelota.

-¿Todo bien, compa?

-Todo bien. Ya me voy.

-¿Arregló sus asuntos?

-Todo en orden.

Extraigo mi billetera y saco dos billetes de quinientos pesos. Se los extiendo al hombre. Le doy quinientos más al muchacho.

-Ustedes no me han visto-, les digo. En el rostro del hombre hay una mirada de halcón, imposible de entender. Sonríe, aunque sus ojos permanecen duros.

-Aquí no ha pasado nada.

Volteo a ver al joven. Su cara es un signo de interrogación.

-Ni el Diablo se ha asomado.

Asiento con todo el cuerpo. Sigo mi camino hacia el mundo. La noche nos aplasta a todos. No somos más que pecadores dando vueltas en el retrete de Dios, esperando el día del juicio para ser redimidos. Meto la mano en el bolsillo. Junto al casquillo y la bala, lo siento. El viejo crucifijo de madera que mi madre me dejó. Sigue ahí, para recordármela. Dándome fuerzas para matar. Para sentir que Dios está conmigo.[/undefined][/undefined]
 
Fortianitas
0
¿No seguiste posteando porque no cosechabas comentarios? xD Debo pedir disculpas, pero es que me paso por aquí de Pascuas a Ramos, y no siempre con ánimo de comentar. Ya que has pedido que no te molestemos no te daré la vara, pero me interesan esos "proyectos" que tienes. Ahora, voy a leer.

Pero la lucha de los narcos está fuera de mí. Ese cáncer es tan grande que ni Dios con todo su ejército de ángeles podrán exterminarlo. Yo me encargo de las cosas pequeñas, terrenales.

Me gusta, sí señor. Un tipo realista y pragmático.

Me encantan estas frases:
La pobreza se respira. Se pega en la piel. Se saborea.

Me gusta. Se me hace raro pensar que hay dos capítulos más, teniendo en cuenta que el asesinato fue consumado, pero supongo en que la gracia está en que matará a más gente.
Me recuerda al asesino de Becky y de la mujer de rojo, aunque remotamente.
 
Fortianitas
0
Por fin he vuelto. Y bueno, no diré mucho, últimamente tengo tiempo para hacer cosas, y decidí retomar esto. Antes de poner el segundo capítulo, dos cosas:

Pajarraco, no es que no cosechara comentarios, es que tenía perdido el archivo. No recordaba si estaba guardado en algún rincón recóndito de uno de mis disco duros, si lo había borrado accidentalmente o simplemente si lo había guardado en una memoria USB. Y en efecto, fue el tercer caso, pero tenía perdida esa memoria. La encontré justamente este domingo, cuando estaba buscando uno de mis viejas anotaciones para repasar algunos detalles en otras historias. Y bueno, decidí regresar al foro, aunque sea para hacer acto de presencia de vez en cuando. Ojalá no tardes mucho en pasarte por aquí.

Por cierto, si quieres saber sobre mis proyectos, te voy a dejar un link para que te des una vuelta. Hay cinco capítulos de una historia que tengo muy avanzada ya, pero no publicaré nada más sobre ello tampoco, parece que va a ser mi primera novela impresa (sin presumir). Pásate por aquí: http://lasangredelcamello.wordpress.com


Segundo, sí, este capítulo es el dos de tres, y como dije en el primer post no hay más y no pienso escribir más sobre esto de momento ni en un futuro cercano. El capítulo tres lo publicaré sin falta la semana próxima y publicaré más comentarios únicamente como respuesta a alguno que me hagan (si es que me hacen). Pero bueno, ya hablé mucho. Vamos a lo bueno

****************************************************************************************


Capítulo 2: Resaca

Resaca. Roberto Carvajal abre los ojos y siente una explosión en la cabeza. El sabor del tequila sigue en su lengua, recordándole la juerga de anoche. Putas. Sexo. Alcohol. Pero nada de drogas. Si el antidoping llega a dar positivo, adiós carrera perfecta. Treinta y seis averiguaciones previas por homicidio consignadas al año. En promedio, una cada diez días. Marca perfecta, nadie lo ha logrado jamás. Todos sentenciados por el juez. Sin duda, el mejor auxiliar de la Agencia Primera del Ministerio Público Especializada en Homicidios. El timbre de su celular se siente como un enorme buldócer golpeando su cabeza. En el identificador de llamadas aparece el nombre de Sofía, de Servicios Periciales. Cómo odia a la maldita puta. Sin levantarse de la cama, estira la mano hasta el buró y contesta la llamada.

-¿Qué quieres, González?

-Así que estás crudo, cabrón. ¿Cómo te fue con las putas?

-No estés chingando, a la verga. Si no me dices qué quieres, voy a colgar.

-Tranquilo, Casanova, tenemos un fiambre.

-¿Dónde?

-En la Lombardo. Le dieron un tiro en la cabeza. La Policía Municipal recibió el reporte temprano en la mañana, unos morros se metieron a robar, pero vieron el cadáver y avisaron. La esposa entró en estado catatónico. Estaba parada en la puerta viendo el amanecer cuando llegamos. Sigue ahí.

-¿Qué hora es?

-Seis y cuarto.

-Mi turno empieza hasta las ocho, ¿por qué chingados me despiertas?

-El auxiliar de guardia está en Angostura, hay un desmadre allá con un enfrentamiento.

-¿Y el auxiliar de Angostura, qué?

-Resultó herido en un ataque a la Agencia. Divertido, ¿no?

-Qué pinche desmadre trae esta gente. Se soltaron los lobos.

-Luego me explicas eso. Vente a trabajar, falta que des instrucciones para que nos larguemos todos de aquí.

-Llego en una hora.

-¿Estás pendejo o qué? Hay mucho que hacer y tú nomás valiendo madre.

-Vivo en Terranova, no me jodas. El tráfico es horrible a esta hora. Trataré de llegar en cuarenta minutos, pero no te prometo nada.

Sofía se pone fastidiosa. Cuelga.

Al ponerse de pie, el mundo gira tan rápido que regresa a la prehistoria. Siente como si diez mil tiranosaurios lo aplastaran sólo por divertirse. Por poco se cae, pero logra sostenerse en el marco de la puerta. Su mirada desenfoca, aunque alcanza a distinguir la sala revuelta. No recuerda cómo sucedió eso. Alguien se divirtió la noche anterior. Se marea. Quiere vomitar. Morir. Volverse uno con la nada del universo. No hay remedio. Con la fuerza que le queda, logra llegar hasta el lavabo y descarga el estómago. Suda frío. Se mira en el espejo. Parece un fantasma, pero no se atreve a reconocerlo. La fiesta fue el festín del siglo veinte. Seguramente se encuentra en la resaca del milenio. Y los doce años que le siguen. Resaca universal. Toma el cepillo de dientes y la pasta. Deja corriendo el agua para que se lleve el vómito por las tuberías. Es divertido cómo se resuelve de forma tan sencilla. Ojalá su propia vida se compusiera accionando una llave de agua.

Mientras se cepilla los dientes, su mente ya está funcionando. Un asesinato en la Lombardo. ¿Qué capo manda ahí? No recuerda su nombre, pero baraja varias opciones. Puede ser el Poncho, o el Negro. También está el Azul, pero trabaja para el cártel contrario. Línea de investigación uno, ajuste de cuentas. Sofía mencionó a una esposa parada en la puerta de la casa en estado catatónico. No dijo una palabra. Línea de investigación dos, crimen pasional. Unos muchachos reportaron el crimen cuando pretendían robar la casa. Línea de investigación tres, robo con homicidio. La esposa queda en ese estado por la impresión. Creíble. Cosas más raras ha visto. Los agentes de Servicios Periciales todavía están en la escena, por lo que no puede hacer más conjeturas hasta llegar al lugar. Las líneas se caen. Opción cuatro, ninguna de las anteriores. Vete a la mierda, mundo, voy a volverme loco.

Roberto vuelve a la habitación y busca ropa limpia. Toma una toalla del cajón del buró. Se quita la ropa. Un baño caliente rápido.


Ya en el auto el mundo gira más lento, poco a poco vuelve a su tempo. Enciende la radio. La emisora transmite el noticiero Línea Directa, con Luis Alberto Díaz. Justo a la hora de las notas policiacas. Esta mañana fue encontrado el cuerpo de un hombre asesinado con un balazo en la cabeza en la Lombardo Toledano. Los agentes investigadores aún se encuentran en la escena recabando la información pericial para determinar cómo sucedió el crimen. Según fuentes policiales, el occiso llevaba por nombre Santiago Villavelázquez y contaba con 34 años de edad; vestía una pijama de color azul y estaba descalzo. El asesinato ocurrió cerca de la media noche mientras el hombre y su esposa dormían en su cuarto, sin embargo, ninguno de los vecinos se ha atrevido a decir si pudieron ver al asesino momentos antes o después de que se perpetrara el sangriento crimen. Villavelázquez tenía su domicilio en la calle Virgo número 256, cerca de un callejón que los habitantes de la zona llaman “El Chorizo”. De manera extraoficial, algunos agentes informaron a los reporteros que no había bala ni casquillo en el cuarto del asesinato. El reporte de Manuel Inzunza es certero. Preciso. Asesino. Pero le faltó mencionar a la esposa catatónica. Nadie es perfecto, je je je, se divierte Roberto. Apaga la radio. Pone el estéreo. Suena Nothing Else Matters, de Metallica. Buena canción para despertar.

Se encuentra en Bugambilias, tratando de que el tráfico no lo atrape. Acelera hasta cien kilómetros por hora. Se mete entre los autos. No es una carrera mortal, pero se arriesga a accidentes. No usa el cinturón de seguridad. “Moriré a los cuarenta, qué caso tiene”, se dice a sí mismo. Está convencido de ello porque su padre y su abuelo murieron a esa edad por culpa de una extraña enfermedad que aparentemente no tiene cura. Nunca ninguno de ellos estuvo enfermo y aún así murieron. Él tampoco ha enfermado de gravedad, pero siente el destino fatal esperándolo al llegar a la cuarta década de vida, como un pacto ya firmado sin su consentimiento. Destino Familiar. Le gustan las emociones fuertes, por lo que a veces, aún en medio del tráfico matinal de Culiacán, se pasa algunos semáforos en rojo arriesgándose a un choque mortal, o va a los operativos junto con los agentes preventivos aunque no participe. Es sólo la emoción de la adrenalina.

La calzada Aeropuerto aún no está congestionada, por lo que alcanza a colarse entre los autos. Toma rumbo hacia el libramiento Niños Héroes, pues es el camino más corto hacia la Lombardo. Da vuelta en el bulevar Rolando Arjona para tomar rumbo a Humaya; el tránsito en el centro es horrible. Luego gira hacia la derecha en el Lola Beltrán y sigue por Enrique Cabrera hasta la Obregón. De ahí es todo hacia el norte para llegar a su destino. La puta de Sofía estará contenta con ello.

Se guía a la zona del crimen por el reporte de la radio, por lo que no hace llamadas para preguntar la dirección precisa. Da vuelta en la calle Virgo y ve las torretas de las patrullas brillando en la cercanía. Algunos agentes reconocen el auto y saludan a lo lejos. Se detiene a unos cincuenta metros de la escena, pues lo demás ya está ocupado por investigadores, agentes que resguardan el lugar y señoras mironas que llevan a sus niños para que vean al muerto. Mientras camina, reflexiona en ello. ¿Qué pinche necesidad hay de traer a los morrillos a que vean el desmadre? Como si no fuera ya suficiente trauma estar rodeados de esta gente que se matan entre ellos, encima los llevan a que los vean cuando quedan tiesos en el piso. Pero ni pedo, así de loca está la raza.

Adentro de la casa esperan los agentes. Sofía trata de convencer a la esposa para que hable. Roberto pasa sin dirigirle la palabra. La pinche vieja se siente agente del MP, pero no sabe ni madres cómo hablar con las personas. Más adentro, en la recámara, hay un perito recabando evidencias. Se trata del licenciado Martínez, viejo conocido de Carvajal.

-¿Qué hay, bato?

-No mucho, este cabrón sabe lo que hace-, responde Martínez. En sus ojos puede verse el hastío del día a día entre muertos y pruebas de asesinatos. Su rostro es sombrío y le hace falta un corte de cabello. El fleco lacio despeinado indica que tiene más de veinticuatro horas despierto.

Sobre la cama está el cuerpo de Santiago Villavelázquez. Tiene un tiro en la cabeza. Los ojos cerrados. No fue capaz de ver a su verdugo en el momento final de su vida.

-¿Qué me puedes decir, Alex?

-El asesino ni forzó la cerradura para entrar a la casa. Posiblemente usó alguna llave de repuesto o tenía una propia. Esto último lo descarto porque nadie más vivía en la casa. Esperó a la hora más profunda de la noche para cometer el crimen.

-¿Cómo puedes saber que no vivía nadie más en la casa?

-Busqué entre los cajones. Por la ropa se puede ver que sólo la pareja vivía aquí. No hay camas ni juguetes en alguna de las habitaciones, por lo tanto no tienen niños. Y es muy poco factible que viviera aquí un hombre de la misma edad y con las mismas características físicas de este individuo. Tuvo que ser alguien que conocía a alguno de ellos, tenía copia de la llave, cuidaba la casa o qué sé yo. Y puede que no tenga relación directa con ninguno de ellos. Está cabrón.

Roberto calla y observa. A veces odia la grandilocuencia de Martínez, pero el técnico es inteligente. Le da muchas pistas a las que él no llegaría por sí mismo.

-Bueno, podemos deducir que no es un pariente. Eso se nota por el disparo en la cabeza. ¿Qué hay del hecho en sí mismo?

-Un montón de mierda. Por el orificio de entrada de la bala, sé que se trata de una nueve milímetros, pero el maldito cabrón asesino se llevó la ojiva y el casquillo. Usó guantes, no dejó ninguna huella.

-No existe el crimen perfecto.

-Tal vez, pero este bato es cabrón.

-¿Cómo sabes que fue un hombre?

-Nomás digo, no podría asegurar.

Roberto barre con la mirada la habitación. Todo está en su lugar. Perfectamente ordenado. Limpio. Como si nadie hubiera entrado a matar a Roberto Villavelázquez.

-La esposa. Ella es la única que sabe.

-Inténtalo, pero no creo que puedas.
Dirige su mirada hacia la puerta y observa a Sofía González tratando de hablar con la pobre mujer. Tiene la mirada en el vacío, en otro universo.

-Si sale algo me avisas, bato.

Roberto camina hacia donde están sentadas las dos mujeres. Odia a Sofía. Siempre quiere asumir otro rol que no le corresponde. Se para junto a ellas. Le toca el hombro a la perito.

-Yo me hago cargo.

La mujer lo ve con recelo. Se siente desplazada. Como un trasto viejo que no sirve. A Roberto le importa madre. Sofía se levanta, no tiene opción. Vuelve al cuarto junto con Álex Martínez para recabar evidencias.
Roberto se sienta donde estaba Sofía. Mira a la esposa de Santiago Villavelázquez. Está en shock. Él está acostumbrado a hablar con las víctimas colaterales, pero no siempre funciona. Observa sus rasgos. Piel clara. Cabello lacio. Nariz respingada. Sus ojos tristes, hoyos negros. ¿Y a quién vergas le importa? Es joven, menos de 30 años. Lleva puesto un vestido floreado.

-Señora, mi nombre es Roberto Carvajal. Soy auxiliar del Ministerio Público. Entiendo que está pasando por un mal momento, pero me gustaría que colaborara con nosotros. Sabemos que no es fácil, pero cualquier cosa que nos pueda decir sobre el crimen nos será de gran ayuda para atrapar al que le hizo esto a su esposo.

Siempre trata de sonar lo más serio posible cuando se acerca a alguien afectado por un asesinato. No dice mucho, pero trata de ser conciso y que quien lo escucha entienda lo que necesita. En este caso, será difícil. La mujer no hace ningún gesto, pero una lágrima cae por su mejilla. No hay espasmos. La lágrima desciende hasta la comisura de su boca y ahí se queda. No se mueve más y tampoco hay otras. Una única lágrima, huérfana de llanto. Roberto sabe que aún no es el momento.

-Voy a estar con los otros agentes para recabar más pruebas. Cuando usted se sienta lista, podemos hablar.

Deja tranquila a la mujer. Sale de la casa. En la calle, la gente sigue esperando a que los del Servicio Médico Forense se lleven el cuerpo para verlo. Aún no llegan los reporteros. Roberto Carvajal mira su reloj. Son apenas las ocho de la mañana, pero el sol ya empieza a calentar la ciudad. Pronto se reanudarán la violencia y los crímenes. Con el calor del sol la gente de Culiacán se vuelve loca.

Piensa en hablar con los vecinos para ver si alguien sabe algo, pero desiste. No le dirán gran cosa además de lo que ya sabe. O si saben algo, harán lo posible para que los agentes no los interroguen. Un asesinato más. A veces la vida nos juega bromas pesadas. Este crimen parece una. Suena su celular. Tono de mensaje.

“Llamo el director de la escuela. Le encontraron mariguana otra vez a tu hija”.

-Puta madre-, maldice.

Como si no fuera suficiente ya con tener que aguantar a su ex, también tiene que aguantar a su hija. La sicóloga dijo que se encontraba en su etapa de experimentación. Que vaya a chingar a su madre. O se compone, o se larga de la casa. No hay más.